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INTRODUCCIÓN
Las páginas
iniciales de este trabajo que presentamos bajo
el título «Entre el costumbrismo y la novela
regional: El
sabor de la tierruca de José María de
Pereda» se atendrán a un doble propósito. En
primer lugar, intentaremos repasar el papel que
Pereda ha representado dentro de la historia
literaria decimonónica, así como de situar
esta novela en la trayectoria literaria del
escritor de Polanco, para desarrollar
posteriormente la explicación de la estructura
y metodología del análisis que sobre este
relato perediano hemos abordado en este estudio.
En
un repaso por la nómina de literatos ilustres
que pueblan las historias de la Literatura del
siglo XIX e incluso las de principios o mediados
del XX, observamos que el nombre de nuestro
paisano José María de Pereda (1833‑1906)
ocupaba un puesto de honor en las letras de su
época, lugar que compartía con nombres tan
insignes como el de Benito Pérez Galdós,
Emilia Pardo Bazán o el mismo Leopoldo Alas, «Clarín».
No podemos concluir, sin embargo, que don
José María fuera un escritor comprendido en su
época, pues solamente recibió el aplauso unánime
de algunos de sus contemporáneos, y muchas
veces esta aceptación estuvo motivada por
razones totalmente extraliterarias. Tampoco ha
sido justipreciada su narrativa a lo largo del
siglo XX y creemos que va siendo necesaria a las
puertas del siglo XXI una nueva valoración de
sus relatos, del papel del escritor en los
movimientos literarios de su época y de lo que
nos puede aportar hoy la lectura y reflexión
sobre una de sus obras.
Si nos
preguntamos por las razones de esa crítica que
oscilaba entre el elogio superficial y la epidérmica
‑aunque ácida censura‑ de la
narrativa del polanquino podemos encontrarlas en
los grandes condicionamientos ideológicos que
pesaron sobre ella, como la tesis político‑moral
que recubría toda su narrativa con fuertes
prejuicios ideológicos, sus a veces machacones
recursos costumbristas o el peso crítico de
algunos amigos e incondicionales encomiadores
del novelista, entre los que destacó el polígrafo
santanderino Marcelino Menéndez Pelayo. Todos
estos condicionantes han hecho necesaria la
revisión crítica de 1a obra del narrador de
Polanco, tarea que vienen desarrollando un grupo
de eminentes estudiosos de diversas
universidades españolas, europeas y americanas,
y que ha culminado con la publicación de las Obras
completas de este autor por, la Editorial
Tantín.
Al
margen de tan necesaria revisión de la obra de
Pereda, en nuestro caso, la elección de este
autor está justificada por motivos de paisanaje
y por aquellas razones sentimentales que hacían
confesar a don Marcelino Menéndez Pelayo que no
acertaba a leer los libros de Pereda con la
impasibilidad crítica con la que leía otras
obras, y así indicaba en una reseña sobre la
novela que nos ocupa: «Por eso yo no leí El
sabor de la tierruca, sino que le sentí...»
[Menéndez Pelayo, 88‑1882, La
Ilustración Española y Americana].
Sentimentalismos
terruñeros aparte, nuestro interés filológico
en El sabor de la tierruca se debe fundamentalmente a la constatación
de la ausencia de estudios de conjunto sobre
esta novela, ya que la bibliografía que acerca
de ella se ha vertido se limita a artículos,
capítulos de libros o a los interesantísimos
prólogos de don Benito Pérez Galdós para la
primera edición de la novela y de Anthony H.
Clarke para la citada edición actual de las Obras
completas. La causa del desinterés general
de la crítica por este relato creemos
descubrirla en el hibridismo que conlleva, del
que hemos dado cuenta desde el propio título de
nuestro trabajo, y asimismo en su posición
intermedia entre los cuadros de costumbres que
escribió Pereda en su primera época y las
grandes novelas del escritor.
En el año
1882, cuando Pereda publica El
sabor de la tierruca, no era el escritor un
desconocido en el panorama literario. Su interés
por la literatura venía de sus años de
estudiante en la Academia de Artillería en
Madrid, años en los que frecuentaba los teatros
y asistía maravillado, como uno de tantos jóvenes
llegados de provincias, a los espectáculos y
tertulias literarias de la capital. A su vuelta
de la corte decide probar fortuna con el teatro,
y escribe cinco piezas dramáticas con las que
obtuvo un escaso éxito, piezas que reuniría en
un volumen titulado Ensayos
dramáticos (1866]. También comienza en
este período su colaboración en la prensa, con
artículos políticos que solían aparecer en el
periódico satírico antiliberal EL
Tío Cayetano, así como con numerosos artículos
costumbristas que iba publicando en la prensa
montañesa o madrileña y que serían después
recogidos en cuatro libros: Escenas
Montañesas [1864], Tipos
y paisajes [1871], Tipos
trashumantes [1877] y Esbozos
y rasguños [1881].
Su primera
incursión en el mundo de la novela, aunque fue
a través del relato corto, la realiza con el
volumen Bocetos al temple en el año 1876. Se
componía dicho volumen de tres novelitas
breves, La
mujer del César, relato en el que censura
las costumbres cortesanas (especialmente la
inmoralidad femenina) vistas a través de un
campechano y honradote mayorazgo montañés que
viaja a la capital de España y asiste desengañado
a la vida un tanto licenciosa de su cuñada; Los
hombres de pro, una sátira contra el
sistema parlamentario cuyo protagonista, Simón
Cerojo, es un tabernero aldeano que llega a ser
diputado a Cortes, y Oros
son triunfos, novelita cuyo argumento se
centra en una pieza teatral anterior del propio
Pereda, Tanto
tienes, tanto vales, y en la que critica las
costumbres sociales de la burguesía
provinciana, especialmente los matrimonios de
conveniencia. La acción se centra en la llegada
de un indiano rico, cursi y viejo (prototipo
retratado ya en los primeros artículos de
costumbres peredianos) a la pequeña ciudad de
provincias y en el casamiento de una joven
burguesa cuya familia estaba arruinada con este
personaje. Tras el matrimonio se descubre que el
indiano es un ladrón y un farsante a través de
un joven primo de la muchacha, enamorado de ella
y desbancado por el dinero de este falso
indiano.
Otra fase en la
obra perediana la constituyen sus primeras
novelas extensas como El
buey suelto [1876], relato compuesto por una
serie de cuadros en los que satiriza la vida de
un solterón recalcitrante llamado Gedeón, a la
que sigue Don Gonzalo González de la Gonzalera [1879], sátira política
antiliberal centrada en la narración de los
desmanes que la revolución del 68 produce en la
pequeña aldea de Coteruco, y De
tal palo tal astilla (1880], relato de tesis
religiosa, réplica ultracatólica de la novela Gloria
de su amigo Benito Pérez Galdós. Estos dos últimos
relatos fueron considerados novelas de tesis, en
los que se defendía con obstinación una
tendencia ideológica tradicional en la que
estaba férreamente anclado el novelista, y por
ello, la valoración y ponderación por la crítica
contemporánea y posterior ha estado llena de
prejuicios y ha permanecido poco atenta a los
aciertos y desaciertos literarios de estas
obras. En 1881 publica Pereda su libro Esbozos y Rasguños y en marzo de ese mismo año prepara el proyecto
de El
sabor de la tierruca (a la que pensó
titular La
epopeya de Cumbrales) que no verá publicada
hasta 1882. En este relato se pintan una serie
de escenas costumbristas con el fin de poner
ante el lector varios tipos populares y de hacer
una lectura laudatoria de las bondades de los
paisajes, las costumbres y los habitantes del
pequeño pueblo montañés de Cumbrales. La
novela más dulzona e inofensiva de la
trayectoria perediana, un canto bucólico a la
aldea montañesa como Arcadia feliz, no
entusiasmó a la crítica, ni a la
tradicionalmente perediana (excepción hecha de
Menéndez Pelayo, quien la elogió por los
motivos sentimentales antes aludidos), ni a los
críticos que solían censurar al montañés.
Como acabamos de señalar,
su
situación poco clara entre el costumbrismo del
que había hecho gala su autor en los artículos
y cuadros de costumbres de la primera época, y
la novela regional que comienza a cultivar con
cierto éxito Pereda bastantes años más tarde,
hizo que este texto obtuviese escasa atención y
fortuna entre la crítica contemporánea.
A
esta obra le sigue en 1883 la novela Pedro
Sánchez, uno de los relatos más
interesantes de Pereda, que trata sobre la
marcha a la corte de un joven campesino montañés
quien tras su experiencia madrileña vuelve
desengañado a su Montaña natal. La crítica ha
apreciado sobre todo el carácter autobiográfico
del relato, y una cierta moraleja política y
social, fundamentada en el tópico del
menosprecio de corte y alabanza de aldea tan
insistentemente reiterado en la narrativa del
escritor de Polanco. Tras este relato publica, Sotileza
[1885] canto al modo de vida del Santander marítimo
que el progreso está destruyendo y pintura
magistral del modus
vivendi
de los marineros santanderinos, a la que seguirán
La Montálvez
[1888] novela en la que critica ácidamente las
costumbres y la depravación de la alta sociedad
madrileña, personificadas en la marquesa de
Montálvez, y La Puchera, publicada a1 año siguiente, una novela regional en la
que realiza la pintura del ambiente marinero de
Robleces y cuyo motivo central es la lucha por
el sustento diario que titánicamente deben
arrancar los aldeanos y marineros a la
naturaleza.
En el año 1891
publica dos relatos, Nubes
de estío, visión caricaturesca de los
visitantes madrileños que pululan en los
veraneos santanderinos y crítica de la burguesía
mercantil de una pequeña ciudad provinciana, y Al
primer vuelo, novela de encargo que
interrumpió el proceso de elaboración del
relato anterior y en la que se retrata la relación
amorosa entre Nieves y Leto, que termina
felizmente con el matrimonio de ambos. En el año
1895 sale a la luz Peñas
arriba, una de las obras maestras de Pereda
en la que recrea el mundo patriarcal de Tablanca
y fundamentalmente el proceso de transformación
del cortesano madrileño Marcelo en un hombre
apegado a su terruño natal, a la vez que expone
su sempiterna tesis de menosprecio de corte y
alabanza de aldea. Esta obra sigue siendo
considerada como el testamento literario de
Pereda y una de sus mejores novelas. Su producción
concluye con Pachín
González [1896], un relato breve en el que
se censura la emigración.
En lo que
respecta al segundo aspecto que citábamos al
comenzar esta introducción, es decir, el método
de elaboración, las fuentes de este trabajo y
la estructura del mismo, podemos señalar que
realizaremos un análisis histórico-literario
de El
sabor de la tierruca, análisis basado en el
estudio de fragmentos de la novela, así como en
artículos o reseñas contemporáneas de la obra
y en estudios críticos sobre la misma. Será útil
también la comparación entre la primera obra
perediana y este relato, así como la constatación
de elementos (temáticos y formales) que
aparecen en El
sabor y que se repetirán en posteriores
novelas de Pereda. Hemos trabajado sobre el
texto de la edición de las Obras
completas de Editorial Tantín (el volumen V
de esta colección está integrado por dos
novelas, EL
sabor de la tierruca y Pedro Sánchez, la
primera anotada, editada y prologada por el
insigne peredista A. H. Clarke), así como con
la primera edición del relato para el capítulo
dedicado a las ilustraciones.
El estudio se
iniciará con un extenso capítulo que versa
sobre el costumbrismo en El sabor de la tierruca. Nos ha parecido oportuno comenzar por este
aspecto porque fue uno de los que suscitó
mayores controversias en su época e interés
por parte de la crítica, lo que prueba la
indudable importancia que tiene en la novela, no
sólo como condicionarte de la forma narrativa,
sino como planteamiento ideológico. Dentro de
este capítulo se abordará el empleo de técnicas
costumbristas en la caracterización de los
personajes y tipos del relato, personajes y
tipos que proceden en ocasiones de la primera
obra costumbrista perediana. Los personajes de
la novela serán estudiados segur e1 estrato
social al que pertenecen. Entre los aldeanos,
destacan Nisco, uno de los más interesantes del
relato, el único personaje perediano que se
atreve a contravenir una norma social y a
enamorarse de una hidalga, por lo que será
castigado por el narrador; Catalina, una moza
que está enamorada de él, y Chiscón, un
aldeano de Rinconeda, que corteja a Catalina y
desencadena el conflicto entre los mozos de las
dos aldeas rivales. Dentro de los personajes que
pertenecen a la clase hidalga destacan don
Valentín, hidalguillo arruinado de ideología
liberal, tratado desde un punto de vista
caricaturesco por el narrador; su hijo, don
Baldomero, que representa la degeneración a la
que está llegando la estirpe de los hidalgos de
gotera, y, sobre todo, los dos personajes
masculinos que rivalizan ideológicamente: el
patriarca benefactor don Pedro Mortera, y el
irascible jurisconsulto que se alía erróneamente
con los caciques de la villa, don Juan de
Prezanes. En torno a las familias de ambos gira
la mayor parte de la trama de la novela, puesto
que el vástago de don Pedro, Pablo Mortera, se
casará con la hija de Prezanes, Ana, y a su vez
ésta intervendrá para que se produzca el
matrimonio entre la hija de don Pedro, María y
un joven de la villa cercana a la aldea en la
que se desarrollan los hechos. Al margen de
todos estos personajes se encuentra la
interesante figura del jándalo, un personaje
procedente de la primera obra costumbrista
perediana, en el que los caracteres negativos
están exacerbados. En la novela también
aparecen muchos tipos costumbristas, tanto
tratados de modo colectivo (destacan entre ellos
los mozos, los muchachos que participan en el
juego de la cachurra o los viejos), como
individualizados. Casi todos los tipos
individualizados, excepciones hechas de la mujer
de don Pedro y los caciques, pertenecen al
estrato aldeano. Sobresalen el alcalde del
pueblo, Juangüirle, el arbitrista e inventor
Tablucas, el tabernero Resquemín, y sobre todo,
la bruja, motejada como Rámila.
Dentro del
estudio del costumbrismo en la novela se abordará
además el análisis de la composición
narrativa de la misma, en la que encontramos
diversos ingredientes, como las múltiples
escenas costumbristas que aparecen en ella,
entre las que destacaremos la de la deshoja, la
del concejo, la que recrea la costumbre de la
derrota, la pintura del mercado de la villa y la
que refleja la magosta que celebran los mozos de
Cumbrales. También realizaremos una descripción
de los procedimientos teatrales que emplea
Pereda en este relato.
Un tercer
apartado dentro del primer capítulo se dedica
al análisis de los elementos folklóricos en la
novela, que nos interesan por su relación con
el costumbrismo y con la presentación idílica
de la vida rural que el polanquino aborda en su
relato. Para Pereda, los bailes y cantos
populares, la bruja y otros elementos de la
superstición aldeana, o los juegos populares
como los bolos o la cachurra e incluso el cuento
popular relatado por la Rámila, eran
manifestaciones de una cultura tradicional que
se estaba perdiendo, de un pasado a punto de
desaparecer y que únicamente podía conservarse
en una pintura literaria. Esta actitud
tradicionalista de veneración del pasado
conllevaba a la par una mirada de acritud hacia
el progreso que venía destruyendo las formas
tradicionales de vida, amén de una ideología
ultraconservadora en la política. Todos estos
aspectos serán tratados en el último apartado
del primer capítulo, dedicado a establecer la
relación entre la ideología del novelista y el
empleo de ingredientes costumbristas en esta
obra.
El segundo
capitulo de este estudio abordará el análisis
del paisajismo en la novela. En él, partiendo
de la división de A. H. Clarke', dividiremos
los paisajes de la novela en dinámicos y estáticos.
El paisaje tratado como elemento dinámico tiene
su mejor representación en el relato en el
episodio del viento ábrego en el capítulo vigésimo
segundo. Paisajes estáticos aparecen con
bastante frecuencia en la obra, y por su carácter
visual y algunos aspectos técnicos como su
composición a base de pinceladas sueltas pueden
relacionarse con obras pictóricas contemporáneas
de Pereda, sean de autores coterráneos de
Pereda como Casimiro Sáinz o de pintores
europeos, tales como Millet o Carlos Haes. En
este tipo de descripciones paisajísticas nos
interesan también las técnicas herederas del
costumbrismo.
En el tercer
capítulo se realizará un estudio de los
aspectos lingüísticos y de las técnicas
narrativas empleadas en la novela. Se partirá
de la diferenciación entre la voz del narrador
y la del autor implícito, una voz en primera
persona que emite juicios sobre los personajes,
guía al lector por el texto o hace aclaraciones
acerca de la materia costumbrista. Se estudiará
además la voz de los personajes, especialmente
los que pertenecen al segmento social aldeano.
Si hemos de hacer caso al insigne prologuista de
la novela, don Benito Pérez Galdós, uno de los
mayores aciertos literarios de la misma es la
introducción del lenguaje popular en el
lenguaje literario. Dentro del análisis del
lenguaje de los rústicos peredianos, además de
abordar una breve caracterización lingüística
del mismo en los distintos niveles de la lengua,
atenderemos a las razones por las que el
narrador de Polanco lleva a cabo esta recreación
o reinvención de los rasgos lingüísticos de
los aldeanos.
El cuarto capítulo
de nuestro trabajo se dedicará al estudio de
las ilustraciones con las que apareció
ornamentada la primera edición de la novela,
obra del dibujante catalán Apeles Mestres. Este
aspecto, que puede considerarse hasta cierto
punto extraliterario, nos pareció de interés
para 1a investigación por varias razones. La
primera de ellas es que la condición de novela
ilustrada de El
sabor influyó en su proceso de creación,
como lo prueba el dato de que el novelista
tuviera que acelerar el proceso de composición
de la obra para que se pudiesen hacer los
grabados a tiempo, o los retrasos en la
elaboración del texto provocados por las
estancias en Polanco de Mélida y Apeles Mestres.
Otra de las razones es que la ilustración de
las obras literarias suscitó una interesante
polémica entre los escritores del siglo XIX, en
la que no participó explícitamente Pereda. Sin
embargo es reveladora la constatación de su
satisfacción ante la calidad de los grabados,
así como la continuidad de la colaboración
entre Apeles Mestres y el polanquino en la
novela Al
primer vuelo. Las ilustraciones en El
sabor de la tierruca son de dos tipos:
simplemente ornamentales, o bien relacionadas
con el texto literario, que son las que
precisamente nos han interesado y de las que se
han estudiado cuatro que a nuestro juicio
sobresalen por su calidad artística: 1a de la
cajiga, la que representa la casa de los
Mortera, el retrato de Don Valentín y la del
viento ábrego.
Finalizaremos
este estudio con las conclusiones que esta
lectura e interpretación de la novela conlleva
y con una bibliografía en la que daremos cuenta
de los principales estudios sobre El
sabor y de los que han tratado acerca de la
obra literaria perediana en general. En este
listado bibliográfico no hemos pretendido la
exhaustividad, pero sí dejar constancia de la
importancia que el estudio de Pereda tuvo en
unos determinados momentos de la historia crítica
y del proceso de recuperación de la figura del
novelista de Polanco que se viene realizando
fundamentalmente desde los años 80, proceso que
deseamos continúe en el siglo XXI y al que
esperamos modestamente haber contribuido con
este trabajo.
De
nuestro análisis intentaremos que se derive una
valoración de la novela que quiere ser una
lectura actualizada de esta «epopeya de
Cumbrales», ajena a las diatribas políticas y
las opiniones mediatizadas por la ideología que
siempre se vertían sobre la obra perediana,
pues pretendemos demostrar que con justicia el
escritor cántabro ocupó un primer puesto en
las letras de su época y que su manera de
novelar ilustra con brillantez una de las
vertientes del riquísimo caudal de la narrativa
realista decimonónica: la novela regional.
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