|
PRÓLOGO
Julio
Seoane Pinilla
Recuerdo
que hace ya algún tiempo, en una conferencia
que Celia Amorós pronunciaba en un Simposio
sobre Teoría del Conocimiento y Feminismo, a
poco de empezar la lectura de su trabajo la
ponente alzo la mirada, echo una rápida ojeada
al público y deteniendo el comienzo de su
exposición se lamentó profundamente de que tan
sólo fuera el público femenino el que solía
acudir a cualquier evento que en algún lugar de
su título ostentara el calificativo de
feminista o femenino. O que hablara de la mujer,
se podría también añadir. La cuestión que en
aquel entonces planteó Celia Amorós era
sencilla: si sin necesidad de ser marxistas o
estructuralistas, por ejemplo, reconocemos que
en esas diferentes percepciones de la realidad
existen herramientas meritorias y que en algún
momento pueden sernos útiles para nuestro
cometido teórico, ¿por qué no hacemos lo
mismo con el feminismo? ¿Por qué no son también
relevantes los estudios sobre la mujer para los
teóricos en general (y esto último no sólo
por una cuestión de eruditismo sino porque
realmente aquellas cuestiones dicen algo del
corazón de nuestro acercamiento a la realidad)?
Aquella imprecación algo fastidiada confirmó
en mí el convencimiento de que nos importa, y
bien que nos importa, mirar al mundo olvidado
que han constituido toda la realidad de la mitad
de la humanidad. Hasta el punto de que un libro
como el que aquí se presenta no es un libro de
historia de mujeres para mujeres, ni tampoco es
un libro para mayor cultivo del pormenorizado
estudio de nuestro pasado (estudio que por
meticuloso pueda quedar en distinto anaquel pero
de la misma importancia a donde reposan los
estudios numismáticos o los topográficos pongo
por caso); no, en modo alguno: realmente un
libro como el presente constituye un espejo para
vernos reflejados y entendernos -o por lo menos
conocernos- mejor. Y subrayo la primera persona
del plural, todos, hombres y mujeres, la
humanidad entera tal y como se ha configurado
desde una historia que en el XVII y XVIII comenzó
a forjarse y en la que se han elaborado las metáforas,
imágenes y conceptos con los que hoy tomamos
cuerpo: si importa recuperar la historia de las
mujeres es porque estamos necesitados de una
completa comprensión de nuestro mundo cada vez
más frágil, mas deslavazado, más
aparentemente inconexo y fracturado.
Recuperar
historias para recuperarnos, este es, como
resulta bien conocido, el primer axioma con que
los estudios feministas se acercaron al pasado.
Se trataba de recoger en primer lugar un
nosotras que fuera capaz de afirmarse (y
definirse). Lo cual no deja de ser el primer
paso antes de pedir nada pues siempre nos ha
sido difícil comprender peticiones que no
tienen claro quienes son aquellos que las hacen.
Pero este primer paso, parece que inevitable en
la posición de salida de las reclamaciones
feministas, a poco que lo leamos fuera de su
inicial contexto reivindicativo, resulta que se
convierte en una de las primeras ganancias que
los estudios sobre la mujer aportan a nuestro
mundo. Porque sin ir más lejos es recuperar
historias, en plural; y hacerlo no para añadirlas
a nuestra gran Historia que todo lo comprende en
el doble sentido de la palabra, sino para
reclamar que nos formamos en más de un sitio (y
en más de un sitio nos comprendemos y nos
reconocemos como aquellos que hoy somos). Hablar
de mujeres es en primer lugar darlas voz (o
tratar de entender por qué hablan tan en baja
voz) y por ello es también hablar contra el
presente que se constituye en un pasado donde
esas mujeres no tenían palabra para hablar,
contra un presente que se origina de modo casi
inevitable en un pasado que, como un lugar
divino, explica todo en una inextricable conexión
causal que el oficio del historiador nos narra.
Un presente donde nos descubrimos ya no hijos
del pasado sino producto inevitable, inamovible
-¿lanzado a un mercado?- de lo que ha pasado.
Como no es este el lugar para dar muchas vueltas
a las virtudes o vicios que la huida de la
Historia pueda tener, tan sólo me gustaría
recordarle a quien haya tenido la oportunidad de
corregir exámenes, con qué facilidad nuestros
alumnos despachan a los autores del pasado con
aquello de "su pensamiento es producto de
su realidad histórica", lema con el que se
termina confirmando el total alejamiento del
pasado y su pensamiento de nuestra realidad histórica
que resulta, así, muy otra, muy diferente, una
realidad que subsumió y engulló hace mucho
tiempo el pasado del que se declara hijo; y lo
hizo masticando tan bien que ahora produce
pensamientos inconmensurables con los antiguos.
Uno a veces se pregunta para qué todavía se
estudia historia si ya tampoco nadie cree en la
erudición.
Mas
si la historia no es un recuento más o menos
científico de conexiones causales (donde las
cosas ocurrieron porque no podían menos que
ocurrir ya que había pasado lo que había
pasado), si debemos relatar también historias
que no han formado parte de la Historia, es
obvio cuando menos que (a) tal rescate no se hará
del océano de la Historia sino de otro mar con
criterios de verdad muy distintos (sea la
literatura, los relatos orales o cualquier otro)
y que (b) el producto de tal rescate ya no será
una gran cadena causal sino más bien un relato
que pretende ser maestro para la vida (esa es la
concepción que de la historia tenía Cicerón,
sin ir más lejos). Ambas perspectivas confluyen
una en otra, pero quisiera hablar en primer
lugar de la concepción de la historia como
maestra y hacerlo en lo que ello supone de
recoger la narración histórica en el género
del ensayo antes que como la composición de un
completo y cerrado tratado -no sé si decir
científico, pero sí que con vocación de
componer un sistema explicativo siempre adecuado
¿Qué
es realmente la historia concebida como maestra
de la vida? En primer lugar es componer relatos
y darlos para la educación moral de los
ciudadanos lo cual, desde mi punto de vista, ha
de abocarnos a tomar la historia correo ensayo,
como propuesta, como un lugar donde podemos ir a
recoger herramientas con las que apañárnoslas
en el mundo. Herramientas que pueden ser más o
menos útiles, pero que, en cualquier caso, no
aseguran nada más que su propio relato: no
evitan el plural -las historias- y por ello
siempre suponen una confluencia de narraciones
que tratan de ser adecuadas a un momento y lugar
dado. Eso es el fundamento de nuestra
fragmentación y fragilidad contemporáneas
porque en el intento no hay seguridad ninguna ni
de que esas historias sean las adecuadas ni de
que nos vayan a ayudar (y como todo maestro
sabe, la educación es un arte que funciona a
base de ensayo y error: de intento, equivocación
y ajuste). Cuando el lector se encuentre en la
primera parte de este libro con una sucesión rápida
de historias de mujeres, quizás haría bien en
considerar que allí se le está ofreciendo la
única historia que hoy nos es posible: un
elenco de lugares donde se puede recalar a la
hora de tomar fuerzas para nuestra actividad
cotidiana. No donde se debe recalar, pero sí
donde nos sería conveniente fondear y echar un
ojo a velamen, aperos e incluso rumbo marcado.
Estoy convencido que esa ha de ser la intención
de la lectura del lector contemporáneo que en
no pocos lugares de esta primera parte se quedará
con la insatisfacción del "¿no dice más?"
(y casi estaríamos por ir a buscar a su casa al
autor y solicitarle que nos contara algo más
para terminar de componer una historia que nos
ha hecho mella, que nos ha prometido alguna
herramienta de utilidad para un momento
determinado. Del mismo modo que, dígase todo,
en otros sitios siempre podrá caber el
inevitable "no me interesa"). Pero
posiblemente sea esa insatisfacción fruto
inevitable del género ensayístico, un género
que por abierto y plural -sin necesidad de ser
pluralista-apuesta por la sugerencia, por decir
sin necesidad de decirlo todo: simplemente
presentar lo que la habilidad del historiador
hace que venga al caso.
Junto
a la insatisfacción del relato nunca completo,
nunca cerrado, nuestra historia, ya siempre con
minúscula, ya siempre unida al plural, también
conlleva la incomodidad que nos hace preguntar
la vetusta cuestión que versa sobre cómo
integrar todas esas historias tan pequeñitas en
una historia más grande, de mayor calado y
nobleza. Incomodidad tan contemporánea como
nuestro convencimiento de que ya no están los
tiempos para historias grandes: cuando las hay
sospechamos de ellas (de su corrección
epistemológica, de sus consecuencias e
intenciones políticas, de su pertinencia histórica)
porque nos resulta un resabio muy antiguo
sentirse incómodo con aquella pequeñez (o
mejor: nuestro tiempo ha de vivir en esa
incomodidad).
******
La historia, ya
siempre con minúsculas, como maestra de y para
la vida, el ensayo como género e intento propio
de las historias que nos cabe hoy leer; lo que
queda ahora, como apunté al principio, es la
sugerencia de que quizás debamos incluso
recomponer el lugar de donde extraemos los
materiales con los que componemos esa historia
ensayística. Bien, creo que es hora de traer a
colación un tema que pienso que quizás debería
haber sido el que hubiera articulado este prólogo
pues es con el que se comienza este libro y bien
pudiera parecer que solicitaba alguna demora del
prologista aunque sólo fuera por lo que tiene
de apuesta inicial y fuerte del autor. Es este
el que refiere a la utilización de la
literatura; ''como "fuente
documental". No me voy a extender mucho en
este punto pues considero que el autor ya da
toda la explicación que aquí se pueda
necesitar (de una forma concisa y bien clara),
pero sí que quisiera recordar que quien no tenía
Historia contaba historias y lo hacía, lógicamente,
no siempre con voz propia (que no poseía) y,
obviamente también, no utilizando los canales
de la razón, de la argumentación, del tratado
(que le estaban vedados). Por ello es en la
literatura donde muchas veces debemos fondear
para recuperar las historias olvidadas: quienes
las relataban no tenían Historia (estaban fuera
de ella), y sin Historia no tenían ni palabra
ni razón que diera razón de su presente.
En
este punto la literatura no aparece como el
discurso bello sino como el discurso hecho desde
los márgenes del "conocimiento" y, en
último término, en ella ha quedado relegado
todo el relato que nuestro presente suponía
falto de veracidad, es decir, aquel que no
constituía conocimiento. Por ello se ha
constituido en el lugar donde se recogían
aquellos elementos que no alcanzaban las cotas
de la racionalidad o la cientificidad y que, no
obstante, parece que no se podían echar en el
olvido. Los sentimientos, las fragilidades de la
identidad, las contradicciones entre el deber y
el deseo son algunos de esos elementos. Mas no sólo
se relegaron a la literatura conceptos e imágenes,
palabras con las que hemos designado parcelas de
la realidad, también a ella fueron voces,
talantes, visiones del mundo que eran
disonantes, enfermas o locas. Sin ir más lejos,
en la literatura podían aparecer las voces
femeninas. O, como sucede en el presente caso,
las voces racionales -de los varones- que,
liberadas de los
corsés
del tratado, pueden recalar en la mirada a lo
que no es sustancial. En aquello que tan sólo
es un objeto de nuestra mirada más casual.
Ir
a la literatura para recomponer nuestro presente
no es ir a un lugar fantástico o con poca
relación con la realidad; por el contrario es
ir al único ámbito donde podían aparecer
historias que hoy nos son queridas para
reconocernos en nuestro presente (o historias
que debieran sernos queridas; y aquí la virtud
del historiador consistirá precisamente en eso,
en presentárnoslas como amables; ¿no está aquí
hermanado con el literato?). Y ello no sólo
porque en la literatura hallamos lo que no se
podía decir a "ciencia" cierta pero
estamos dispuestos a tomar como parte componente
de nuestro presente, también porque en la
literatura tenemos el modelo de la composición
ensayística en la que, como dije, debe fundarse
el relato de la historia hoy. No es trivial que
en este libro se nos relate uno detrás de otro
los diferentes puntos que "de-finen" a
la mujer en la obra de Jovellanos y Moratín
advirtiendo muy cuidadosamente de que en
absoluto componen una lista donde, uno detrás
de otro, el autor en cuestión vaya poniendo
orden en sus pensamientos "sobre la
mujer"; no es una elegante reverencia al
prurito de la erudición el que toda la segunda
parte -la principal del presente libro- se
principie con la advertencia de que no estamos
ante una completa taxonomía en la cual se
contenga todo lo que exhaustivamente se puede
decir de la mujer del XVIII (ni están todos los
ámbitos de definición de la mujer ni falta que
hace que coincidan siquiera en la misma obra de
un autor). Y no lo es porque estamos tratando de
-ensayando- presentar historias que nos puedan
aportar cierto magisterio. Y el magisterio nunca
es enciclopédico, nunca se efectúa de modo
completo: unas veces se acentúan unos aspectos,
otras otros, a veces incluso no siempre se
componen de la misma manera según la situación.
Así es realmente el ensayo: no exhaustivo,
atento al momento, literario a veces. Lo cual no
significa irracional ni falto de lógica, pues
nada más lógico que un libro dado a un público
(sea de uno o más lectores): capaz de articular
un mundo creíble y tan real como el que
cotidianamente nos asola -aunque de una manera
imaginativa (que no fantástica)-. ¿A quién le
puede importar que exista un lugar donde las
opiniones de Jovellanos sobre la mujer se
reflejen ordenadas, agrupadas por índices
cronológicos o de cualquier otro tipo y en toda
su completud (que estén todas las que son)?
Sinceramente creo que a nadie. Y en cambio sí
que es importante -y útil- tener un compendio
de aquellas opiniones que un historiador
-maestro- piensa que son sus más interesantes
opiniones sobre quienes no tenían más que
opinión (y estaban alejadas del saber, del
conocimiento).
Pues
bien, si a la literatura le sucede que aparenta
falta de completud, de rigor científico -o
tratadístico-, ello resulta más patente en los
diarios, en ese lugar donde el yo se presenta y
lo hace al hilo de presentar consigo al mundo en
el que ese yo se dice (un mundo que por ello no
aspira a ser toda la realidad, sino tan sólo
aquel ámbito donde la configuración del yo
tiene lugar -y que se afecta por tal composición-).
No voy a seguir ya en mucho más por este camino
porque no hace falta dar muchas vueltas para
tomar el diario, los diarios de Jovellanos que
aquí se nos presentan, como ese lugar donde la
literatura se hace precisamente historia, donde
el dato es un hecho. Tan hecho que está puesto
por el yo que desde sí organiza -cuenta- su
realidad.
******
Quede
aquí lo que sobre la cuestión de la literatura
quería decir. El autor en las primeras páginas
lo expresa de un modo conciso, claro y tajante:
renunciar a ella como provisoria de datos históricos
es renunciar a la historia. Posiblemente no a la
Historia, pero como ya no están los tiempos
para ella, es claro que debemos buscar en
diferentes lugares (y la literatura es uno de
ellos) aquellas palabras que quedaron por
decirse. Y debemos hacerlo bien porque también
nos componen, bien porque estamos interesados en
que nos compongan. Advertirá el lector en este
momento que no es lo mismo recuperar discursos
olvidados motivado por un interés o por el otro
(a saber: los recuperamos porque sólo así nos
entendemos con toda completud o los leemos
porque queremos leernos de nueva manera), mas
personalmente en este momento no tengo claro que
sea preciso decantarse por alguna de las dos
opciones para recuperar historias. Aquel
comentario de Celia Amorós que recordé al
principio podía llevarnos a pensar que tan sólo
cuando los varones estuviéramos interesados en
las historias que hemos orillado, nos sería
posible obtener una completa comprensión de
nosotros mismos. Pero también puede ser un
recordatorio que nos traiga constantemente la
afirmación de que nuestra vida se ha formado
sin un claro designio, que de una manera
gloriosa unas veces, calamitosa otras y sin gran
pena ni gloria la mayoría, hemos compuesto una
concepción de lo humano que articula la idea
que tenemos de nosotros mismos y del mundo --de
la ciudad- que estamos dispuestos a formar con
otros; pero es una idea contingente, frágil y
hasta contradictoria a veces que se ha elaborado
con discursos duros de oído a las palabras de
las mujeres, los ancianos, a los de aquellos que
no compartían la tradición cultural de
Occidente, en suma, ocultando tanto como
conociendo, olvidando tanto como explicando.
Esto último creo que hoy es ya un asumido de
toda reflexión; como también lo es el
convencimiento de que ya es hora de que
participe en semejante elaboración el más
amplio número de "seres humanos"
posibles; y aquí, en la noción de qué sea un
"ser humano", es donde cabe la discusión,
discusión que comienza a hacerse más amplia
precisamente cuando alguien nos trae la
historia, la vida de seres humanos que creíamos
que no lo eran.
La
pregunta era: recuperamos historias porque
queremos comprendernos mejor o porque queremos
comprendernos de otro modo. La respuesta, como
dije, quizás ni siquiera sea pertinente y
posiblemente toda la respuesta que se necesite
sea el mero hecho de leer como aparecía quien
ni voz tenía para hacerse notar.
Resulta
un lugar común el convencimiento de que nos
vemos ya siempre en los ojos ajenos. Un hombre
solo no tendría ni pasado ni futuro porque ni
siquiera se tendría a sí (no se tendría
presente). No le haría falta un nombre que le
diferenciara de nadie, ni siquiera un tiempo
donde comprendiera que existe alguna relevancia
en diferenciar entre hoy y ayer. Tampoco
lenguaje (ni relato ni historia) necesitaría
sin nadie con quien hablar. Es también un lugar
común recalcar que existen dos modos de verse
en los ojos ajenos: o nos vemos reflejados como
en un espejo o nos vemos en el reflejo-relato
que con voz ajena se cuenta de nosotros. También
es un lugar común recordar que hemos solido
comenzar a hablar y a articular nuestro presente
desde el primer tipo de visión.
Permítaseme
un pequeño experimento mental en este punto.
Imagínese el lector que por la mañana, recién
despertado, se dirige al baño y mirándose al
espejo comienza a reconocerse como el mismo que
ayer hizo idéntico trabajo de reconocimiento.
Los ojos abiertos con esfuerzo, la cara relajada
y el bostezo de todos los días. En ese momento
cada cual esperamos que el reflejo coincida con
la imagen que tenemos habitualmente de nosotros
mismos, con esa imagen que cotidianamente
recogemos con nuestra vista y nuestro tacto. Si
sucediera que el espejo nos devolviera tal
imagen y al momento nos recordara que si bien
somos ese que vemos también somos el reflejo
que desde miradas ajenas se hace de nosotros, y
si una vez dicho esto el espejo comenzara a
pasarnos tales imágenes sin solución de
continuidad, no dudo que nos sentiríamos más
que confundidos. Y no sólo por el hecho de que
el espejo nos hablara, lo cual qué duda cabe
que es para confundirse, sino también porque
puestos a comenzar a presentarnos nuestro
reflejo tal y como es "contado" por
otros ojos que no son los nuestros propios, no
saldríamos del baño hasta el día del juicio
final donde, dígase de paso, siempre hemos
acostumbrado a situar a aquel que nos da esa última
imagen resumen de todas las imágenes en la cual
por fin nos podemos encontrar.
Lo
que quiero decir con todo esto es que no deja de
resultar natural que al mirar a los demás,
deseemos que todos vean aquello que cada quien
en particular ve. Que al mirarnos en el reflejo
ajeno deseemos que tal reflejo coincida con el
de nuestro espejo o que al menos si difiere no
sea por mucho y, desde luego, que tal diferencia
nos sea comprensible. Y natural también
resultará que a tal fin no dudemos en confiar
en un último narrador y en una última historia
que pueda decir la última palabra. Por ello,
cuando no nos vemos tal cual somos sino que al
mirar al otro vemos lo diferente (aquello que
usa otra intención, otro género, otra palabra
para hablar), tendemos a hacer de ese otro un
otro yo, un yo distinto a mí pero totalmente idéntico
a mí. Es eso lo que de un modo ejemplar ha
acontecido con las mujeres: resultaban visibles,
se podía reparar en ellas pero sólo en tanto
se identificaban como hombres igual que yo; no
como mujeres, sino como mi mismo reflejo. Puesto
que tal era a todas luces imposible (sin ir más
lejos: tenían hijos y tenían cuerpo), parecía
prudente relegarlas a un lugar que no era el de
los hombres (un lugar donde no era necesario que
alcanzaran, por ejemplo, los Derechos del
Hombre). Posiblemente lo anterior es de las
primeras y más triviales desafecciones
feministas, pero viene bien a cuento en este
momento pues una de las cosas que más me
impacto del presente libro fue el detalle que da
el autor del modo en como Jovellanos se refería
a las mujeres que por su vida se cruzaron. No
principalmente por su nombre o su aspecto físico
(esa era siempre una referencia añadida) sino
preguntando por quien era su padre o su marido,
por quien era el hombre desde el cual la mujer
con la que hablaba tomaba carta de naturaleza y
presencia en esa historia (y repito: en una
historia que no es Historia, sino diarios).
"¿A quien refleja?" es la última
pregunta que Jovellanos plantea para que la
mujer en cuestión cobre cuerpo. Y lo sangrante
del caso es que no se está aquí ante un
pensador particularmente desagradable o poco
atento con las mujeres, que no estamos ante la
postura, también relatado en este libro, de
Moratín padre; no, estamos ante un hombre
cabal, mesurado, que no habla de un modo
particularmente despreciativo de las mujeres y
que incluso las tiene en consideración. Lo
sangrante del caso, repito, es que muy
posiblemente, tal y como el autor de este libro
inteligentemente nos deja entender a propósito
del Sí de las niñas, detrás de, por ejemplo,
la negación de los matrimonios interesados no
esté realmente la libre disposición de todos
los individuos a su voluntad, no esté la
abominación de cualquier autoridad que no parta
desde la propia autonomía, sino que realmente
estemos ante el simple y natural gusto por ver
en los demás mi mismo reflejo (ese que me dice
que soy autónomo y ese que se complace en que
se me reconozca que soy autónomo). Precisamente
eso es lo que pretendemos, replicarían aquí de
inmediato las iniciales feministas de la
igualdad, ser hombres, que se nos reconozca
autonomía y voz propia siquiera porque se nos
reconoce como idénticas a los hombres. No es
este lugar para considerar la igualdad que se
pierde o gana al reclamar "ser idéntico"
a los hombres por lo que dejo en este punto la
discusión con tan sólo el recordatorio de que
si nos parece mal o desagradable la situación
que desea ver en los demás a otros iguales a mí
es porque olvidamos que en esta identidad se
forjaron los valores democráticos modernos que
hoy nos permiten desagradarnos ante ello; sin ir
más lejos de tal modo se permitió imaginar
algo tan contraintituivo como que todos los
hombres éramos iguales (claro, ¡somos el
mismo!) y que teníamos idénticos derechos (los
derechos que se veían reflejados en los
ojos-espejo de los demás, esto es, mis
derechos). Y eso es lo que nos ha de imprimir
cierta mesura cuando nos desagraden las
preguntas de Jovellanos por el marido o el padre
buscando dar alguna identidad a las mujeres que
describe: ¿acaso nos entenderíamos en un mundo
donde la descripción de nuestra identidad
particular y social no fuera siempre la que
podemos ver con nuestros propios ojos sino la
que escuchamos en el relato de aquellas miradas
que nunca serán las nuestras?
Aunque
no sea este el lugar para las discusiones que lo
anterior podría generar, sí que lo es para
decir que cuando se hace una historia del tipo
de la que aquí se nos va a presentar (es decir
una historia de aquel lugar que no tiene
historia, de aquel lugar que nos pertenece -es
parte de nuestro presente o queremos que lo sea-
pero que nos ha sido hurtado -no tiene una
historia que contar-), inmediatamente en el
lector aparece el convencimiento de que nos
hacemos en múltiples miradas que más que
reflejo son relatos, que más que visiones que
se ajustan a la de nuestro propio ojo son
narraciones que nos exigen parar, comprender la
mirada ajena, y mirar de nuevo. Sí, por
supuesto, si estamos donde estamos es porque
alguna vez decidimos omitir -y reprimir-
reflejos que no coincidían con los nuestros,
pero precisamente por eso, precisamente porque
ya hemos escrito una Historia con mayúsculas,
podemos revolvernos contra ella y preguntarnos
qué sería de nosotros si haciendo acopio de
tal Historia la desgranáramos en la multitud de
historias olvidadas. Posiblemente la actitud más
sosegada y razonable ante nuestro presente es la
que una vez que se da cuenta de hasta donde
hemos llegado y de donde estamos, y una vez que
tenemos claro que no estamos dispuestos a
renunciar a nuestro presente, trata de comenzar
a comprendernos no en los ojos-reflejo, sino en
los ojos-relato a fin de vindicar todo lo que
también somos pero que nunca se nos ha dicho ni
contado ni historiado que somos. Y ello no sólo
para tener un conocimiento más amplio de
nosotros mismos, no sólo para comprender
nuestras "debilidades" o nuestra
fragilidad, sino, sobre todo, porque en un mundo
de reflejos más amplios los lugares donde
obtener felicidad son también más numerosos.
Ese y no otro es el ideario ilustrado según el
cual si pensamos, si reflexionamos, si en algún
momento nos preocupa una lectura del pasado, es
con vistas a conseguir un mundo feliz para todos
los que viven en la ciudad, en la nueva república,
en ese lugar-con-otros donde adquirimos carta de
humanidad (o cuando menos adquirimos las
innumerables visiones de los otros en las que
encontramos nuestra nunca cerrada de-finición).
Y el relato no concluyente, no cerrado, que aquí
se ofrece es la mejor manera de comenzar a
disponer en el diálogo distinta maneras de
mirar y ser visto (distintas maneras en que
hemos mirado y hemos sido vistos).
Julio Seoane
Pinilla
Universidad
de Alcalá de Henares
Madrid
|