CENTRO ASOCIADO A LA UNED DE CANTABRIA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mario Crespo López

PRÓLOGO

 Julio Seoane Pinilla

  

Recuerdo que hace ya algún tiempo, en una conferencia que Celia Amorós pronunciaba en un Simposio sobre Teoría del Conocimiento y Feminismo, a poco de empezar la lectura de su trabajo la ponente alzo la mirada, echo una rápida ojeada al público y deteniendo el comienzo de su exposición se lamentó profundamente de que tan sólo fuera el público femenino el que solía acudir a cualquier evento que en algún lugar de su título ostentara el calificativo de feminista o femenino. O que hablara de la mujer, se podría también añadir. La cuestión que en aquel entonces planteó Celia Amorós era sencilla: si sin necesidad de ser marxistas o estructuralistas, por ejemplo, reconocemos que en esas diferentes percepciones de la realidad existen herramientas meritorias y que en algún momento pueden sernos útiles para nuestro cometido teórico, ¿por qué no hacemos lo mismo con el feminismo? ¿Por qué no son también relevantes los estudios sobre la mujer para los teóricos en general (y esto último no sólo por una cuestión de eruditismo sino porque realmente aquellas cuestiones dicen algo del corazón de nuestro acercamiento a la realidad)? Aquella imprecación algo fastidiada confirmó en mí el convencimiento de que nos importa, y bien que nos importa, mirar al mundo olvidado que han constituido toda la realidad de la mitad de la humanidad. Hasta el punto de que un libro como el que aquí se presenta no es un libro de historia de mujeres para mujeres, ni tampoco es un libro para mayor cultivo del pormenorizado estudio de nuestro pasado (estudio que por meticuloso pueda quedar en distinto anaquel pero de la misma importancia a donde reposan los estudios numismáticos o los topográficos pongo por caso); no, en modo alguno: realmente un libro como el presente constituye un espejo para vernos reflejados y entendernos -o por lo menos conocernos- mejor. Y subrayo la primera persona del plural, todos, hombres y mujeres, la humanidad entera tal y como se ha configurado desde una historia que en el XVII y XVIII comenzó a forjarse y en la que se han elaborado las metáforas, imágenes y conceptos con los que hoy tomamos cuerpo: si importa recuperar la historia de las mujeres es porque estamos necesitados de una completa comprensión de nuestro mundo cada vez más frágil, mas deslavazado, más aparentemente inconexo y fracturado.

 

Recuperar historias para recuperarnos, este es, como resulta bien conocido, el primer axioma con que los estudios feministas se acercaron al pasado. Se trataba de recoger en primer lugar un nosotras que fuera capaz de afirmarse (y definirse). Lo cual no deja de ser el primer paso antes de pedir nada pues siempre nos ha sido difícil comprender peticiones que no tienen claro quienes son aquellos que las hacen. Pero este primer paso, parece que inevitable en la posición de salida de las reclamaciones feministas, a poco que lo leamos fuera de su inicial contexto reivindicativo, resulta que se convierte en una de las primeras ganancias que los estudios sobre la mujer aportan a nuestro mundo. Porque sin ir más lejos es recuperar historias, en plural; y hacerlo no para añadirlas a nuestra gran Historia que todo lo comprende en el doble sentido de la palabra, sino para reclamar que nos formamos en más de un sitio (y en más de un sitio nos comprendemos y nos reconocemos como aquellos que hoy somos). Hablar de mujeres es en primer lugar darlas voz (o tratar de entender por qué hablan tan en baja voz) y por ello es también hablar contra el presente que se constituye en un pasado donde esas mujeres no tenían palabra para hablar, contra un presente que se origina de modo casi inevitable en un pasado que, como un lugar divino, explica todo en una inextricable conexión causal que el oficio del historiador nos narra. Un presente donde nos descubrimos ya no hijos del pasado sino producto inevitable, inamovible -¿lanzado a un mercado?- de lo que ha pasado. Como no es este el lugar para dar muchas vueltas a las virtudes o vicios que la huida de la Historia pueda tener, tan sólo me gustaría recordarle a quien haya tenido la oportunidad de corregir exámenes, con qué facilidad nuestros alumnos despachan a los autores del pasado con aquello de "su pensamiento es producto de su realidad histórica", lema con el que se termina confirmando el total alejamiento del pasado y su pensamiento de nuestra realidad histórica que resulta, así, muy otra, muy diferente, una realidad que subsumió y engulló hace mucho tiempo el pasado del que se declara hijo; y lo hizo masticando tan bien que ahora produce pensamientos inconmensurables con los antiguos. Uno a veces se pregunta para qué todavía se estudia historia si ya tampoco nadie cree en la erudición.

 

Mas si la historia no es un recuento más o menos científico de conexiones causales (donde las cosas ocurrieron porque no podían menos que ocurrir ya que había pasado lo que había pasado), si debemos relatar también historias que no han formado parte de la Historia, es obvio cuando menos que (a) tal rescate no se hará del océano de la Historia sino de otro mar con criterios de verdad muy distintos (sea la literatura, los relatos orales o cualquier otro) y que (b) el producto de tal rescate ya no será una gran cadena causal sino más bien un relato que pretende ser maestro para la vida (esa es la concepción que de la historia tenía Cicerón, sin ir más lejos). Ambas perspectivas confluyen una en otra, pero quisiera hablar en primer lugar de la concepción de la historia como maestra y hacerlo en lo que ello supone de recoger la narración histórica en el género del ensayo antes que como la composición de un completo y cerrado tratado -no sé si decir científico, pero sí que con vocación de componer un sistema explicativo siempre adecuado

 

¿Qué es realmente la historia concebida como maestra de la vida? En primer lugar es componer relatos y darlos para la educación moral de los ciudadanos lo cual, desde mi punto de vista, ha de abocarnos a tomar la historia correo ensayo, como propuesta, como un lugar donde podemos ir a recoger herramientas con las que apañárnoslas en el mundo. Herramientas que pueden ser más o menos útiles, pero que, en cualquier caso, no aseguran nada más que su propio relato: no evitan el plural -las historias- y por ello siempre suponen una confluencia de narraciones que tratan de ser adecuadas a un momento y lugar dado. Eso es el fundamento de nuestra fragmentación y fragilidad contemporáneas porque en el intento no hay seguridad ninguna ni de que esas historias sean las adecuadas ni de que nos vayan a ayudar (y como todo maestro sabe, la educación es un arte que funciona a base de ensayo y error: de intento, equivocación y ajuste). Cuando el lector se encuentre en la primera parte de este libro con una sucesión rápida de historias de mujeres, quizás haría bien en considerar que allí se le está ofreciendo la única historia que hoy nos es posible: un elenco de lugares donde se puede recalar a la hora de tomar fuerzas para nuestra actividad cotidiana. No donde se debe recalar, pero sí donde nos sería conveniente fondear y echar un ojo a velamen, aperos e incluso rumbo marcado. Estoy convencido que esa ha de ser la intención de la lectura del lector contemporáneo que en no pocos lugares de esta primera parte se quedará con la insatisfacción del "¿no dice más?" (y casi estaríamos por ir a buscar a su casa al autor y solicitarle que nos contara algo más para terminar de componer una historia que nos ha hecho mella, que nos ha prometido alguna herramienta de utilidad para un momento determinado. Del mismo modo que, dígase todo, en otros sitios siempre podrá caber el inevitable "no me interesa"). Pero posiblemente sea esa insatisfacción fruto inevitable del género ensayístico, un género que por abierto y plural -sin necesidad de ser pluralista-apuesta por la sugerencia, por decir sin necesidad de decirlo todo: simplemente presentar lo que la habilidad del historiador hace que venga al caso.

 

Junto a la insatisfacción del relato nunca completo, nunca cerrado, nuestra historia, ya siempre con minúscula, ya siempre unida al plural, también conlleva la incomodidad que nos hace preguntar la vetusta cuestión que versa sobre cómo integrar todas esas historias tan pequeñitas en una historia más grande, de mayor calado y nobleza. Incomodidad tan contemporánea como nuestro convencimiento de que ya no están los tiempos para historias grandes: cuando las hay sospechamos de ellas (de su corrección epistemológica, de sus consecuencias e intenciones políticas, de su pertinencia histórica) porque nos resulta un resabio muy antiguo sentirse incómodo con aquella pequeñez (o mejor: nuestro tiempo ha de vivir en esa incomodidad).

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La historia, ya siempre con minúsculas, como maestra de y para la vida, el ensayo como género e intento propio de las historias que nos cabe hoy leer; lo que queda ahora, como apunté al principio, es la sugerencia de que quizás debamos incluso recomponer el lugar de donde extraemos los materiales con los que componemos esa historia ensayística. Bien, creo que es hora de traer a colación un tema que pienso que quizás debería haber sido el que hubiera articulado este prólogo pues es con el que se comienza este libro y bien pudiera parecer que solicitaba alguna demora del prologista aunque sólo fuera por lo que tiene de apuesta inicial y fuerte del autor. Es este el que refiere a la utilización de la literatura; ''como "fuente documental". No me voy a extender mucho en este punto pues considero que el autor ya da toda la explicación que aquí se pueda necesitar (de una forma concisa y bien clara), pero sí que quisiera recordar que quien no tenía Historia contaba historias y lo hacía, lógicamente, no siempre con voz propia (que no poseía) y, obviamente también, no utilizando los canales de la razón, de la argumentación, del tratado (que le estaban vedados). Por ello es en la literatura donde muchas veces debemos fondear para recuperar las historias olvidadas: quienes las relataban no tenían Historia (estaban fuera de ella), y sin Historia no tenían ni palabra ni razón que diera razón de su presente.

 

En este punto la literatura no aparece como el discurso bello sino como el discurso hecho desde los márgenes del "conocimiento" y, en último término, en ella ha quedado relegado todo el relato que nuestro presente suponía falto de veracidad, es decir, aquel que no constituía conocimiento. Por ello se ha constituido en el lugar donde se recogían aquellos elementos que no alcanzaban las cotas de la racionalidad o la cientificidad y que, no obstante, parece que no se podían echar en el olvido. Los sentimientos, las fragilidades de la identidad, las contradicciones entre el deber y el deseo son algunos de esos elementos. Mas no sólo se relegaron a la literatura conceptos e imágenes, palabras con las que hemos designado parcelas de la realidad, también a ella fueron voces, talantes, visiones del mundo que eran disonantes, enfermas o locas. Sin ir más lejos, en la literatura podían aparecer las voces femeninas. O, como sucede en el presente caso, las voces racionales -de los varones- que, liberadas de los

corsés del tratado, pueden recalar en la mirada a lo que no es sustancial. En aquello que tan sólo es un objeto de nuestra mirada más casual.

 

Ir a la literatura para recomponer nuestro presente no es ir a un lugar fantástico o con poca relación con la realidad; por el contrario es ir al único ámbito donde podían aparecer historias que hoy nos son queridas para reconocernos en nuestro presente (o historias que debieran sernos queridas; y aquí la virtud del historiador consistirá precisamente en eso, en presentárnoslas como amables; ¿no está aquí hermanado con el literato?). Y ello no sólo porque en la literatura hallamos lo que no se podía decir a "ciencia" cierta pero estamos dispuestos a tomar como parte componente de nuestro presente, también porque en la literatura tenemos el modelo de la composición ensayística en la que, como dije, debe fundarse el relato de la historia hoy. No es trivial que en este libro se nos relate uno detrás de otro los diferentes puntos que "de-finen" a la mujer en la obra de Jovellanos y Moratín advirtiendo muy cuidadosamente de que en absoluto componen una lista donde, uno detrás de otro, el autor en cuestión vaya poniendo orden en sus pensamientos "sobre la mujer"; no es una elegante reverencia al prurito de la erudición el que toda la segunda parte -la principal del presente libro- se principie con la advertencia de que no estamos ante una completa taxonomía en la cual se contenga todo lo que exhaustivamente se puede decir de la mujer del XVIII (ni están todos los ámbitos de definición de la mujer ni falta que hace que coincidan siquiera en la misma obra de un autor). Y no lo es porque estamos tratando de -ensayando- presentar historias que nos puedan aportar cierto magisterio. Y el magisterio nunca es enciclopédico, nunca se efectúa de modo completo: unas veces se acentúan unos aspectos, otras otros, a veces incluso no siempre se componen de la misma manera según la situación. Así es realmente el ensayo: no exhaustivo, atento al momento, literario a veces. Lo cual no significa irracional ni falto de lógica, pues nada más lógico que un libro dado a un público (sea de uno o más lectores): capaz de articular un mundo creíble y tan real como el que cotidianamente nos asola -aunque de una manera imaginativa (que no fantástica)-. ¿A quién le puede importar que exista un lugar donde las opiniones de Jovellanos sobre la mujer se reflejen ordenadas, agrupadas por índices cronológicos o de cualquier otro tipo y en toda su completud (que estén todas las que son)? Sinceramente creo que a nadie. Y en cambio sí que es importante -y útil- tener un compendio de aquellas opiniones que un historiador -maestro- piensa que son sus más interesantes opiniones sobre quienes no tenían más que opinión (y estaban alejadas del saber, del conocimiento).

 

Pues bien, si a la literatura le sucede que aparenta falta de completud, de rigor científico -o tratadístico-, ello resulta más patente en los diarios, en ese lugar donde el yo se presenta y lo hace al hilo de presentar consigo al mundo en el que ese yo se dice (un mundo que por ello no aspira a ser toda la realidad, sino tan sólo aquel ámbito donde la configuración del yo tiene lugar -y que se afecta por tal composición-). No voy a seguir ya en mucho más por este camino porque no hace falta dar muchas vueltas para tomar el diario, los diarios de Jovellanos que aquí se nos presentan, como ese lugar donde la literatura se hace precisamente historia, donde el dato es un hecho. Tan hecho que está puesto por el yo que desde sí organiza -cuenta- su realidad.

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Quede aquí lo que sobre la cuestión de la literatura quería decir. El autor en las primeras páginas lo expresa de un modo conciso, claro y tajante: renunciar a ella como provisoria de datos históricos es renunciar a la historia. Posiblemente no a la Historia, pero como ya no están los tiempos para ella, es claro que debemos buscar en diferentes lugares (y la literatura es uno de ellos) aquellas palabras que quedaron por decirse. Y debemos hacerlo bien porque también nos componen, bien porque estamos interesados en que nos compongan. Advertirá el lector en este momento que no es lo mismo recuperar discursos olvidados motivado por un interés o por el otro (a saber: los recuperamos porque sólo así nos entendemos con toda completud o los leemos porque queremos leernos de nueva manera), mas personalmente en este momento no tengo claro que sea preciso decantarse por alguna de las dos opciones para recuperar historias. Aquel comentario de Celia Amorós que recordé al principio podía llevarnos a pensar que tan sólo cuando los varones estuviéramos interesados en las historias que hemos orillado, nos sería posible obtener una completa comprensión de nosotros mismos. Pero también puede ser un recordatorio que nos traiga constantemente la afirmación de que nuestra vida se ha formado sin un claro designio, que de una manera gloriosa unas veces, calamitosa otras y sin gran pena ni gloria la mayoría, hemos compuesto una concepción de lo humano que articula la idea que tenemos de nosotros mismos y del mundo --de la ciudad- que estamos dispuestos a formar con otros; pero es una idea contingente, frágil y hasta contradictoria a veces que se ha elaborado con discursos duros de oído a las palabras de las mujeres, los ancianos, a los de aquellos que no compartían la tradición cultural de Occidente, en suma, ocultando tanto como conociendo, olvidando tanto como explicando. Esto último creo que hoy es ya un asumido de toda reflexión; como también lo es el convencimiento de que ya es hora de que participe en semejante elaboración el más amplio número de "seres humanos" posibles; y aquí, en la noción de qué sea un "ser humano", es donde cabe la discusión, discusión que comienza a hacerse más amplia precisamente cuando alguien nos trae la historia, la vida de seres humanos que creíamos que no lo eran.

 

La pregunta era: recuperamos historias porque queremos comprendernos mejor o porque queremos comprendernos de otro modo. La respuesta, como dije, quizás ni siquiera sea pertinente y posiblemente toda la respuesta que se necesite sea el mero hecho de leer como aparecía quien ni voz tenía para hacerse notar.

 

Resulta un lugar común el convencimiento de que nos vemos ya siempre en los ojos ajenos. Un hombre solo no tendría ni pasado ni futuro porque ni siquiera se tendría a sí (no se tendría presente). No le haría falta un nombre que le diferenciara de nadie, ni siquiera un tiempo donde comprendiera que existe alguna relevancia en diferenciar entre hoy y ayer. Tampoco lenguaje (ni relato ni historia) necesitaría sin nadie con quien hablar. Es también un lugar común recalcar que existen dos modos de verse en los ojos ajenos: o nos vemos reflejados como en un espejo o nos vemos en el reflejo-relato que con voz ajena se cuenta de nosotros. También es un lugar común recordar que hemos solido comenzar a hablar y a articular nuestro presente desde el primer tipo de visión.

 

Permítaseme un pequeño experimento mental en este punto. Imagínese el lector que por la mañana, recién despertado, se dirige al baño y mirándose al espejo comienza a reconocerse como el mismo que ayer hizo idéntico trabajo de reconocimiento. Los ojos abiertos con esfuerzo, la cara relajada y el bostezo de todos los días. En ese momento cada cual esperamos que el reflejo coincida con la imagen que tenemos habitualmente de nosotros mismos, con esa imagen que cotidianamente recogemos con nuestra vista y nuestro tacto. Si sucediera que el espejo nos devolviera tal imagen y al momento nos recordara que si bien somos ese que vemos también somos el reflejo que desde miradas ajenas se hace de nosotros, y si una vez dicho esto el espejo comenzara a pasarnos tales imágenes sin solución de continuidad, no dudo que nos sentiríamos más que confundidos. Y no sólo por el hecho de que el espejo nos hablara, lo cual qué duda cabe que es para confundirse, sino también porque puestos a comenzar a presentarnos nuestro reflejo tal y como es "contado" por otros ojos que no son los nuestros propios, no saldríamos del baño hasta el día del juicio final donde, dígase de paso, siempre hemos acostumbrado a situar a aquel que nos da esa última imagen resumen de todas las imágenes en la cual por fin nos podemos encontrar.

 

Lo que quiero decir con todo esto es que no deja de resultar natural que al mirar a los demás, deseemos que todos vean aquello que cada quien en particular ve. Que al mirarnos en el reflejo ajeno deseemos que tal reflejo coincida con el de nuestro espejo o que al menos si difiere no sea por mucho y, desde luego, que tal diferencia nos sea comprensible. Y natural también resultará que a tal fin no dudemos en confiar en un último narrador y en una última historia que pueda decir la última palabra. Por ello, cuando no nos vemos tal cual somos sino que al mirar al otro vemos lo diferente (aquello que usa otra intención, otro género, otra palabra para hablar), tendemos a hacer de ese otro un otro yo, un yo distinto a mí pero totalmente idéntico a mí. Es eso lo que de un modo ejemplar ha acontecido con las mujeres: resultaban visibles, se podía reparar en ellas pero sólo en tanto se identificaban como hombres igual que yo; no como mujeres, sino como mi mismo reflejo. Puesto que tal era a todas luces imposible (sin ir más lejos: tenían hijos y tenían cuerpo), parecía prudente relegarlas a un lugar que no era el de los hombres (un lugar donde no era necesario que alcanzaran, por ejemplo, los Derechos del Hombre). Posiblemente lo anterior es de las primeras y más triviales desafecciones feministas, pero viene bien a cuento en este momento pues una de las cosas que más me impacto del presente libro fue el detalle que da el autor del modo en como Jovellanos se refería a las mujeres que por su vida se cruzaron. No principalmente por su nombre o su aspecto físico (esa era siempre una referencia añadida) sino preguntando por quien era su padre o su marido, por quien era el hombre desde el cual la mujer con la que hablaba tomaba carta de naturaleza y presencia en esa historia (y repito: en una historia que no es Historia, sino diarios). "¿A quien refleja?" es la última pregunta que Jovellanos plantea para que la mujer en cuestión cobre cuerpo. Y lo sangrante del caso es que no se está aquí ante un pensador particularmente desagradable o poco atento con las mujeres, que no estamos ante la postura, también relatado en este libro, de Moratín padre; no, estamos ante un hombre cabal, mesurado, que no habla de un modo particularmente despreciativo de las mujeres y que incluso las tiene en consideración. Lo sangrante del caso, repito, es que muy posiblemente, tal y como el autor de este libro inteligentemente nos deja entender a propósito del Sí de las niñas, detrás de, por ejemplo, la negación de los matrimonios interesados no esté realmente la libre disposición de todos los individuos a su voluntad, no esté la abominación de cualquier autoridad que no parta desde la propia autonomía, sino que realmente estemos ante el simple y natural gusto por ver en los demás mi mismo reflejo (ese que me dice que soy autónomo y ese que se complace en que se me reconozca que soy autónomo). Precisamente eso es lo que pretendemos, replicarían aquí de inmediato las iniciales feministas de la igualdad, ser hombres, que se nos reconozca autonomía y voz propia siquiera porque se nos reconoce como idénticas a los hombres. No es este lugar para considerar la igualdad que se pierde o gana al reclamar "ser idéntico" a los hombres por lo que dejo en este punto la discusión con tan sólo el recordatorio de que si nos parece mal o desagradable la situación que desea ver en los demás a otros iguales a mí es porque olvidamos que en esta identidad se forjaron los valores democráticos modernos que hoy nos permiten desagradarnos ante ello; sin ir más lejos de tal modo se permitió imaginar algo tan contraintituivo como que todos los hombres éramos iguales (claro, ¡somos el mismo!) y que teníamos idénticos derechos (los derechos que se veían reflejados en los ojos-espejo de los demás, esto es, mis derechos). Y eso es lo que nos ha de imprimir cierta mesura cuando nos desagraden las preguntas de Jovellanos por el marido o el padre buscando dar alguna identidad a las mujeres que describe: ¿acaso nos entenderíamos en un mundo donde la descripción de nuestra identidad particular y social no fuera siempre la que podemos ver con nuestros propios ojos sino la que escuchamos en el relato de aquellas miradas que nunca serán las nuestras?

 

Aunque no sea este el lugar para las discusiones que lo anterior podría generar, sí que lo es para decir que cuando se hace una historia del tipo de la que aquí se nos va a presentar (es decir una historia de aquel lugar que no tiene historia, de aquel lugar que nos pertenece -es parte de nuestro presente o queremos que lo sea- pero que nos ha sido hurtado -no tiene una historia que contar-), inmediatamente en el lector aparece el convencimiento de que nos hacemos en múltiples miradas que más que reflejo son relatos, que más que visiones que se ajustan a la de nuestro propio ojo son narraciones que nos exigen parar, comprender la mirada ajena, y mirar de nuevo. Sí, por supuesto, si estamos donde estamos es porque alguna vez decidimos omitir -y reprimir- reflejos que no coincidían con los nuestros, pero precisamente por eso, precisamente porque ya hemos escrito una Historia con mayúsculas, podemos revolvernos contra ella y preguntarnos qué sería de nosotros si haciendo acopio de tal Historia la desgranáramos en la multitud de historias olvidadas. Posiblemente la actitud más sosegada y razonable ante nuestro presente es la que una vez que se da cuenta de hasta donde hemos llegado y de donde estamos, y una vez que tenemos claro que no estamos dispuestos a renunciar a nuestro presente, trata de comenzar a comprendernos no en los ojos-reflejo, sino en los ojos-relato a fin de vindicar todo lo que también somos pero que nunca se nos ha dicho ni contado ni historiado que somos. Y ello no sólo para tener un conocimiento más amplio de nosotros mismos, no sólo para comprender nuestras "debilidades" o nuestra fragilidad, sino, sobre todo, porque en un mundo de reflejos más amplios los lugares donde obtener felicidad son también más numerosos. Ese y no otro es el ideario ilustrado según el cual si pensamos, si reflexionamos, si en algún momento nos preocupa una lectura del pasado, es con vistas a conseguir un mundo feliz para todos los que viven en la ciudad, en la nueva república, en ese lugar-con-otros donde adquirimos carta de humanidad (o cuando menos adquirimos las innumerables visiones de los otros en las que encontramos nuestra nunca cerrada de-finición). Y el relato no concluyente, no cerrado, que aquí se ofrece es la mejor manera de comenzar a disponer en el diálogo distinta maneras de mirar y ser visto (distintas maneras en que hemos mirado y hemos sido vistos).

 

Julio Seoane Pinilla

Universidad de Alcalá de Henares

Madrid